Alex Elmsley se consideraba más inventor que intérprete. Aun así, quería que sus actuaciones fueran, como mínimo, competentes: eso es lo que un público no especializado tiene derecho a exigir. Y para lograrlo se puso a estudiar presentación.

Demasiados remedios
Leyó a Dariel Fitzkee, a Edward Maurice, la lección de presentación del Tarbell, el capítulo de Greater Magic y a Henning Nelms. El resultado fue que acabó asustado y confundido: había tanta información que no sabía por dónde empezar.
Al repensarlo llegó a una conclusión: el problema no estaba en los libros, sino en cómo los leía. Esos tratados son catálogos de remedios. Y un médico no abre el libro de remedios para luego buscar una enfermedad: primero examina al paciente, diagnostica y solo entonces busca la cura. Su consejo fue leerlos deprisa para tener una idea general, y volver a ellos solo con un problema concreto en la mano.
Dos preguntas
Lo ideal, decía, es que otra persona critique tu número, preferiblemente alguien que venga del teatro. Si no la hay, una persona cualquiera. Y con su humor habitual añadía que, si no encuentras a un ser humano, siempre puedes probar con un mago. Como último recurso queda la autocrítica, y Elmsley la redujo a dos preguntas que parecen triviales pero lo contienen casi todo:
- ¿Pasa algo interesante todo el tiempo?
- ¿Puede el público apreciar el efecto?
Primera pregunta: el interés
Muchos juegos tienen una fase de preparación y luego el clímax. El clímax interesa porque es mágico, pero la preparación no tiene nada de interesante por sí misma. Elmsley proponía darle vida con una historia, con la participación del público o, si todo falla, diciendo antes lo que va a ocurrir: ver a alguien hacer algo con un propósito siempre es más interesante que verle hacer algo sin sentido.
Para regular la atención usaba la imagen del pescador. Primero hay que enganchar al pez; luego tensar el sedal y aflojarlo en el momento justo; y al final, dar el último tirón. Si mantienes la tensión siempre al máximo, el sedal se rompe: el público se cansa y desconecta justo cuando no debe. La risa y el aplauso relajan; la quietud, la mirada y la economía de gestos concentran.
Mirar al público. Elmsley reconocía ser introvertido y tender a hacer los juegos para sí mismo. Por eso se impuso una regla: mirar siempre al público salvo que tuviera una razón concreta para no hacerlo. El aburrimiento, recordaba, nace de sentirse excluido.
Segunda pregunta: el efecto
¿Pueden todos ver y oír sin esfuerzo? ¿Saben qué es lo que acaba de pasar? Elmsley había visto juegos tan cargados de presentación que nadie sabía cuál había sido el efecto. Su prueba era sencilla: describir el efecto en una sola frase, subrayar todo lo que aparece en ella y quitar peso a lo demás. Si no cabe en una frase, conviene dividirlo en fases, cada una con su pequeño clímax.
También insistía en recordar al público los hechos que hacen imposible el final, con una recapitulación directa o en forma de pregunta. Y advertía sobre las sorpresas: vemos lo que esperamos ver, así que un final inesperado necesita preparación para que se entienda. La mejor sorpresa, para él, es la que el espectador ha deseado a mitad del juego pensando que era imposible.
Mejor un mal plan que ninguno
Elmsley cerraba con una idea que sirve para cualquier mago: es más importante tener una teoría de la presentación que tener la teoría correcta. Como en el ajedrez, mejor un mal plan que ningún plan. Y un consejo práctico: cambiar solo una o dos cosas cada vez y probarlas, para saber qué ha funcionado y qué no.
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Fuentes
- Alex Elmsley, «Sobre la teoría y la práctica de la magia», en Stephen Minch, Obras completas de Alex Elmsley (ed. original: The Collected Works of Alex Elmsley)

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