Hay libros pequeños que pesan mucho. Showmanship and Presentation, que el británico Edward Maurice publicó en 1946, es uno de ellos. Nació de una serie de conferencias para sus amigos magos y acabó convertido en un manual sobre todo lo que rodea al truco: cómo entrar, cómo moverse, cómo ordenar un número y cómo terminarlo.

Qué es el showmanship
Maurice recoge varias definiciones de colegas. Una le gustaba especialmente: es la diferencia entre servir una buena comida en bandeja de plata o tirarla en un plato. La suya es más práctica: el conocimiento y la práctica de todo lo que hace que un número de magia resulte agradable, aceptable y entretenido. Y añade que un buen truco puede debilitarse o perder toda su fuerza según el lugar que ocupe en el programa.

La arquitectura de un número
- La entrada. Debe ser lo más fuerte posible y, sobre todo, sorprender. Además debe marcar el tono y el personaje que el mago mantendrá hasta el final.
- El segundo juego. Sin esperas, encadenado con los aplausos del primero. Es el momento de mostrar la personalidad y confirmar la buena impresión.
- El respiro. Una rutina más larga, a menudo con espectadores o con humor, donde el público puede relajarse.
- El final. Tiene que ser sobresaliente. Maurice prefería las producciones a las desapariciones, y pedía que el público supiera con claridad cuándo había terminado el número.
Para él era imprescindible tener al menos una obra maestra del misterio en el programa, algo de lo que el público hable al salir. Y un juego de reserva sobre la mesa por si el último falla. Lo tuvo preparado quince años antes de necesitarlo.
La ilusión dramática
Maurice habla de suspenso emocional y de ilusión dramática. Un número de magia es una pequeña fantasía teatral, y cualquier interrupción la rompe: una pausa incómoda, un accesorio que no aparece, el mago de espaldas buscando algo. En ese instante el público vuelve a la realidad y el mago tiene que volver a ganárselo.
El cuerpo en escena
Buena parte del libro trata de técnica escénica: entrar con el pie más alejado del público, no hablar mientras uno se desplaza, usar el centro y los dos laterales del escenario para llenarlo, preferir dos mesas a una. Y una regla que repite en mayúsculas: si la acción o la charla no piden movimiento, no te muevas. Los gestos, en cambio, deben ser un poco más grandes que en la vida real.
Sobre la personalidad escénica, Maurice parte de Robert-Houdin: el mago es un actor que interpreta un papel. Pero ese papel tiene que ajustarse a quien eres, o no resultará creíble. En las variedades, concluye, el mago importa más que sus trucos.
La sombra de Fitzkee. Maurice escribe muy influido por Showmanship for Magicians (1943) de Dariel Fitzkee y su lista de 38 «atractivos escénicos». Como señala Marko en su traducción al español, en esa lista no aparecen ni el misterio ni el asombro. Darwin Ortiz bautizó esa omisión como la «falacia Fitzkee»: tratar la magia como una píldora amarga que hay que endulzar.
La profecía de Devant
El libro termina recordando un artículo de David Devant de 1924. Devant anunciaba que el público del futuro pediría algo más que magia en un espectáculo de magia: pediría entretenimiento, y el mago que no lo entendiera se hundiría. Veinte años después, Maurice daba la profecía por cumplida. Ochenta años más tarde, sigue vigente.
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Fuentes
- Edward Maurice, Showmanship and Presentation (1946), con introducción de H. Park Shackleton. Traducción al español de Marko (2021)
- Dariel Fitzkee, Showmanship for Magicians (1943)
- Darwin Ortiz, La buena magia

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